Contemplación, el secreto

Foto: Nohab Rocha
Es mucho más difícil encontrar a un brasileño estresado que a un europeo o norteamericano en el mismo estado.
Convivir con la naturaleza constantemente, acostumbrase a colores diferentes del asfalto, enfrentarse cara a cara con animales, como la Maria Farinha de la foto, casi cada día… estas experiencias generan un karma diferente entre la población de Brasil.
Los brasileños son pacíficos, sonrientes, agradables, educados… sienten un respeto contagioso por los recursos naturales, un respeto que debe mantenerse para proteger las maravillas que este país esconde.
Por supuesto que las culturas diferentes de cada estado y las necesidades particulares hacen que mis afirmaciones no puedas ser generalizadas. Un ejecutivo en São Paulo debe reírse con un texto así, y un maderero ilegal en la selva amazónica no debe saber ni de lo que estoy hablando cuando comento respeto por la naturaleza.
Es un estado permanente de la población media el que comento. Un estado de paz.
La felicidad contagiosa del pueblo brasileño

Frevo: Baile regional del estado de Pernambuco
Una de las cosas que me enamoró de Brasil es el carisma de su población.
Personas gentiles en todas las esquinas, sonrisas detrás de los escaparates, taxistas rebosando alegría, camareros con la palabra amabilidad grabada en la piel…
Es prácticamente imposible ser expulsado de un bar porque están cerrando, como ocurre en España, o ser mirado con desconfianza al pedir una dirección o con desprecio al sentir un acento diferente.
Al llegar aquí no sabía ni hablar portugués, el esfuerzo que todos hacían para hacerse entender era el combustible que me daba fuerzas para aprender el idioma lo más rápida y correctamente posible.
El pueblo brasileño es el ejemplo vivo de que la felicidad no se esconde detrás de montañas de dinero. La felicidad es un estado interior que mucha gente de este país ha descubierto, independientemente da clase social o poder económico.
Y, lo mejor de todo: es una felicidad contagiosa.
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